quarta-feira, 16 de novembro de 2011

Es cuestión de ritmo

Los sorprendentes usos clínicos de la música en pacientes con mal de Parkinson.

15 de Noviembre de 2011 - Recién vi ayer el video de Michael J. Fox tocando la guitarra en la gala anual de su Fundación de lucha contra el mal de Parkinson. Me conmovió  porque tocó Johnny B. Goode con una guitarra Gibson ES-345TD, reviviendo así una de las escenas más pajas de la historia del cine. Pero también me conmovió porque es un recordatorio de la eficacia que tiene la música como herramienta terapéutica para quienes padecen una enfermedad tan terrible como el mal de Parkinson.



La asociación viene de estar enganchado con un libro del Doctor Oliver Sacks llamado “Musicophilia: Tales of Music and the Brain”.  Sacks es neurólogo, psicólogo y psiquiatra y aparte de su importante labor como investigador y médico también se ha dedicado a lo largo de las últimas cuatro décadas a escribir artículos y libros en los que detalla sus experiencias con pacientes que padecen toda clase de desórdenes neurológicos y psicológicos. En este libro, las historias que narra el autor están todas enlazadas por su relación con la música. Es un recuento, a partir de casos reales –no solo de pacientes, sino también de músicos y melómanos-, del lugar que la música ocupa en nuestro cerebro y cómo afecta nuestras vidas.

En medio de estas fascinantes historias que hablan de musicofilia súbita (gente que repentinamente experimenta la necesidad de crear y escuchar música), amusia (la incapacidad de percibir música), sinestesia (cuando los sonidos se convierten en colores, por ejemplo), alucinaciones sonoras y la relación directa entre la música y nuestras propias emociones, hay un capítulo que me hizo acordar a Michael J. Fox. Se llama “Kinetic Melody: Parkinson’s Disease and Music Therapy” (Melodía cinética: El mal de Parkinson y la terapia musical).

El Parkinson es una enfermedad degenerativa que ataca principalmente al aparato subcortical -los ganglios basales para ser más específicos-, el área que se encuentra en la base de nuestro cerebro y que es la encargada de convertir los comandos en acciones de manera tan rápida que no percibimos distancia entre uno y otro. Lo que hace posible que muevas solo una falange de tu dedo mientras haces scrolling para seguir leyendo este texto cuando lo necesitas, digamos.

El paciente de esta enfermedad se encuentra atrapado en esa ausencia de sintonía entre sus deseos y necesidades y la manera en la que su cuerpo responde fuera de tiempo a estos. Lo que es más terrible es que esto no solamente se reduce a un problema cinético, sino que interrumpe y compromete severamente el flujo de nuestra percepción, pensamientos y sentimientos.

Pero existe algo que impone su propio ritmo y tempo por encima del Parkinson: la música. Es el patrón rítmico de una determinada pieza el “empujón” que alguien que padece esta condición necesita para encauzarse y mantener la armonía de sus movimientos. No hay cómo adelantarse o quedarse atrás con una canción; o la sigues o te pierdes. De ahí que existan personas como el compositor y conductor Lukas Foss, afectado por esta enfermedad y sus subyugantes espasmos , capaz de sobreponerse a ella un vez frente al piano interpretando cualquier pieza con asombrosa maestría.

Mucho más sorprendente es el caso de una paciente capaz de encontrar solaz en medio del tormento de su enfermedad con solo “imaginar” la música. Se trataba de una ferviente admiradora y profunda conocedora de la música de Chopin a la que bastaba con solo mencionarle una pieza para que toda su expresión corporal cambiase. El electroencefalograma demostró, además, que efectivamente el cerebro estaba respondiendo a ese estímulo imaginado. La sola memoria de la música es capaz de restaurar un poco el orden en medio del caos errático parkinsoniano.

Es importante recordar que la música no es un atributo intrínseco a la especie humana en términos fisiológicos. No existe un solo órgano musical en nuestro cuerpo, sino más bien la confluencia de una serie de recursos perceptivos que nos permiten disfrutar de la conjunción de melodía, armonía y ritmo. Vista a la luz de estos casos, podríamos decir que esta afortunada coincidencia de condiciones en nuestros sentidos para percibir música termina convirtiéndose en un mecanismo de supervivencia también.

Desconozco el estado en el que se halla la enfermedad de Michael J. Fox ni cuál es el tratamiento que está siguiendo. Pero el contraste entre esa imagen suya tocando y bailando –la conjunción perfecta entre música y movimiento- con la de las entrevistas en las que exhibe el deterioro de sus facultades motoras es uno de los más contundentes y bellos alegatos a favor del poder que puede llegar a tener la música.  No solamente es el ritmo y la melodía, advierte Sacks, sino la fuerza y la intencionalidad de una pieza la que, finalmente, ayuda al paciente a encontrar la propia en medio de la atrofia.

P.S.

Para los interesados: El libro de Sacks está traducido al castellano como “Musicofilia”, la traducción es española, de la editorial Anagrama. Recuerdo haberlo visto en un par de librerías limeñas. En YouTube también pueden encontrarse videos con entrevistas y conferencias del autor que sirven como excelente gancho persuasivo para conseguir sus libros. Fonte: Terra.pe.

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