¡El cuidador quemado!
por Carlos Alberto Ramírez CardonaSábado, Agosto 06 - 2011 - No se trata del repuesto para un automóvil, ni de un celador que se hubiese quedado dormido o hubiese sido víctima de una conflagración, sino de una enfermedad que se caracteriza por un profundo desgaste emocional y físico que experimentan las personas que conviven y cuidan enfermos generalmente con problemas neurológicos crónicos degenerativos incurables tipo Alzheimer, Parkinson, Huntington, Parálisis supranuclear, etc.
Generalmente suelen ser hijas o esposas del enfermo quienes asumen este valiente y abnegado rol que a la postre generan en el primero problemas sicológicos y de salud, no reciben ayuda de nadie, su desgaste y deterioro mental y físico es paulatino y paralelo al enfermo originario.
Tomemos el caso de Martha, hija soltera de 30 años quien vive con su madre y quien se encuentra en estado cuadripléjico y de demencia senil a sus 65 años, a quien hay que asistir de un todo, alimentar, bañar, vestir y atender sus necesidades fisiológicas. Martha alegre divertida con proyectos de matrimonio, se ha tornado en una persona huraña, de mal genio, amargada y solitaria, su vida ha dado un giro de 90 grados, consecuencia la enfermedad de su madre.
Gran dilema moral se apodera del cuidador, católico cristiano, en su mayoría ¿Debo cuidar de mi madre y asistirla con dignidad y amor, durante toda su enfermedad según lo dictan los sagrados evangelios y la fe cristiana, así ello implique que mi vida se acabe y consuma en la ansiedad, la depresión, el nerviosismo, o el estrés? se pregunta angustiada, ¿Habré pecado por desear la muerte de mi madre en secreto?, sumado a ello, sueños constantes en este sentido, que no son sino la manifestación de desear que su situación cambie, así ello implique la muerte de la persona que más ama. Nos preguntamos entonces tenía razón Nietzsche cuando escribió: “El enfermo es un parásito de la sociedad. Hallándose en cierto estado es indecoroso seguir viviendo. El continuar vegetando, en una cobarde dependencia de los médicos y medicamentos, después de que el sentido de la vida, el derecho a la vida, se ha perdido, es algo que debería acarrear un profundo desprecio de la sociedad?
No habría problema o el mismo sería llevadero si Martha tuviera una posición económica holgada que le permitiera contratar una enfermera o persona que se encargara de los cuidados del enfermo, pero carece de recursos como es el drama de la mayoría de colombianos. Un Estado verdaderamente asistencialista y con políticas de salud mental, que pensase en sus asociados, debiera asumir dichos cuidados con personal calificado para ello, o subsidiar económicamente a las personas o familias que se encuentran en condiciones como Martha. ¿Estaremos muy distante de ello? ¿O debemos debatirnos angustiados entre la tentación de la eutanasia, el homicidio piadoso, las concepciones de Nietzsche o el amor cristiano llevado hasta el autosacrificio? Fonte: El Diario Otun.co.
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